La relación de la
Argentina con el mar pareciera apoyarse en ciertos puntales: el
intelectual, el veraniego, el rentístico y el sumarial. Algo así
como el cuarteto del mar, música que suena a marejadas, pero que sin
acompañamiento no tiene más trascendencia –ni realidad– que el
sonido a playa de un caracol.
Argentina, uno de
los países más importantes del mundo en producción de alimentos,
tanto como en extensión costera, cuyo territorio es además
atravesado por el Paraná -una de las principales hidrovías del
mundo- pero que no exporta a ese mundo de ultramar un solo grano en
buque de bandera argentina, ni participa con sus embarcaciones más
que del 2% del flete regional fluvial, ¿puede catalogarse como país
“marítimo”?
Si de pesca se
trata, en el “ranking” de puertos argentinos, Ushuaia ha
disputado con Puerto Deseado, en estos veinticinco años, el tercer y
cuarto puesto en desembarco de capturas, llegando en algún momento a
ser el segundo, después de Mar del Plata. Pero si en Mar del Plata
la pesca significó multiplicación de talleres, servicios, almacenes
navales, factorías en tierra y diversidad de emprendimientos y
empleos relacionados, en Ushuaia la pesquería implicó la
transferencia de la bodega del pesquero de altura al buque mercante.
Pesqueros de altura que suelen pescar a vista de costa, para proveer
materia prima a establecimientos alejados de la tierra fueguina.
Provincia generosa: mientras apelamos a la soberanía, nos
preocupamos por empresarios y puestos de empleo en tierra. Siempre y
cuando estén a miles de millas.
Respecto a la
Antártida, la proximidad constituye nuestra ventaja pero alimenta
simultáneamente el criterio rentístico que nos caracteriza como
país no marítimo, como si la geografía fuese un mérito. En buen
romance, damos vuelta las cosas: en vez de incentivar un ámbito de
servicios, en que Ushuaia sea atractiva no solo por su cercanía sino
por la eficiencia operativa, administrativa y económica, el buque
antártico se transforma en una vaca obligada a pastar en el corral
propio, con forrajería única y al costo de exprimirle toda la leche
posible. Vaca atada. Por ahora.
“Mapa
bicontinental” y “Límites definitivos de la Provincia”. Leyes
de cuño fueguino. Polenta soberanista para consumo propio, que
satisface pero que, como alimento exclusivo, solo engorda. Quien
navegue aguas polares, sabe que debe apelar a cartas náuticas
digitales británicas y chilenas. Más de una década sin hacer
mayormente hidrografía antártica. Poca cosa –la batimetría– en
un país cuya relación con el mar se ha vuelto intelectual más que
de acción. Unico país sudamericano cuya cartografía antártica
“disputaba” con Gran Bretaña, hoy debe aceptar que los mapas del
mundo llamen “King George” a Isla 25 de Mayo. No hay más
remedio; los ingleses investigan, pero invierten paralelamente en
cartas náuticas. Chile también; navéguese la entrada a Isla
Decepción, a ver qué argumentos prácticos esgrimen quienes
pontifican sobre la toponimia antártica argentina.
País que hace
cuarenta años desarrollaba buques científicos (CONICET-ARA Puerto
Deseado), actualmente los importa (INIDEP-Angelescu). El desarrollo
industrial marítimo, resultaría hoy extrañamente ajeno al sector
que vincularía los “saberes” con la producción. No satisfechos,
reemplazamos marinos mercantes por tripulantes prefectos o militares
para disminuir costos y conflictividad laboral. Un Estado con fueros
para obrar aquello que no toleraría a empresarios. ¿Y la
orientación para quien afronta paritarias, impuestos y leyes
laborales? La sobrepesca, ¿es fruto exclusivo de la ambición? ¿Cómo
guía el Estado, a los propios empresarios y pescadores a los que
exige?
En ese contexto,
iniciativas tipo Pampa Azul -u otros proyectos- podrían
transformarse en un café con leche de fondos públicos,
con diferentes actores disputando por mojar la medialuna. Algunos
desde pedestal académico o institucional. Otros, sin más destino
que servir de decoración necesaria al interés declamativo por el
desarrollo marítimo, llámese empresarios o trabajadores. Y el
problema real, es que no hay país marítimo del mundo sin gente de
labor, empresarios ni industria naval.
Podríamos seguir
enumerando cuestiones puntuales, pero cabe repreguntar: ¿somos un
país marítimo?
Finaliza 2017, año
de hundimientos. Allí están, custodiando los fondos marinos,
nuestra gente del Pesquero Repunte y el ARA San Juan. Más allá de
nuestras emociones, merecerían un país dispuesto a replantearse su
proyección y desarrollo marítimos. Ese sería un verdadero
homenaje. Se lo ganaron con sus huesos.

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